A las familias Lanham, Fogg y Hutton
Hoy hablan las manos.
La diestra y la siniestra se palpan y se funden
se invitan a pasear,
a recorrerse por las vías de sus venas.
Y se abrazan como hermanas exiliadas.
De repente acarician nuestros ojos
para que imaginemos horizontes compartidos
y soñemos que en tierras lejanas hay pueblos cercanos
y que entre cercos vivos y alambrados
hay miradas vecinas, que se cruzan, se vigilan y desean.
Así¬ entreveo que nuestras llanuras tienen cuchillas y cuchillos
que compartimos aperos y relinchos
que nos somos comunes.
Al alba una mirada navega lento por el Cam
para retomar el Luján y desembocar en el Plata.
Los palmares de Corrientes tienen acento gringo
y los paisajes de Aberdeen respiran criollo al atardecer.
Acaso en Londres, a las cinco en punto, hay un mate cebado por un Lord,
mientras un caballo es montado con aristocracia
en una cañada del Salado.
Los tientos de nuestras culturas nos enlazan.
Lazos. Entre campesinos y gauchos.
Entre cielos infinitos y rodeos,
entre lanas, barcos y ladrillos.
Lazos entre gringos y criollos.
Guillermo Hudson, gracias a quien galopan nuestros campos, fue el que más supo de ellos. Quien más nos enredó con sus historias de vuelos pampas.
Y Cunningham Graham intentó remontarnos aún más alto con los barriletes de sus leyendas.
Sueño con un mundo sin banderas
donde solo flamee el deseo
de que esas manos patrias
sigan estrechándose.
Andrés Bosso
martes, 18 de mayo de 2010
viernes, 30 de abril de 2010
Camino al Tricentenario (ambiental)
El Bicentenario ya lo cumplimos. Son doscientos años simbólicos de nuestra patria. Nuestro país, nuestros paisajes y nuestras aves nacieron hace mucho más.
Lo que hicimos desde 1810 ya está hecho. Lo bueno y lo malo.
A boca de jarro podemos sentir que como Nación creamos un sistema de parques nacionales considerado durante muchos años un modelo para América del Sur; intentamos generar un compendio normativo inclusivo de los temas ambientales más evidentes pero también regulamos sobre cuestiones emergentes; incorporamos en la constitución una temática que era secundaria en 1853; intentamos comulgar con las convenciones internacionales (Ramsar o Cites, por comentar algunas); algunas provincias impulsaron y mantuvieron ministerios de ecología y muchas crearon áreas protegidas modelos; nacieron cientos de ONG y decenas de miles de voluntarios en una u otra oportunidad abrazaron la causa.
También nos equivocamos mucho. Sobre todo nos demoramos mucho. Porque en temas ambientales, sobre todo en temas de gestión ambiental, los últimos doscientos años son apenas los últimos cincuenta años. Pero como estamos de festejos, nos quedamos sólo con las buenas.
Las preguntas del millón serían ¿cómo pensamos vivir los próximos 100 años?; ¿podemos profundizar las acciones positivas?; ¿seremos capaces de fortalecer las instituciones oficiales y privadas que trabajan en estos temas, sobre todo al nivel de las provincias?; ¿podremos dar marcha atrás con las acciones negativas? ¿las palabras restaurar, reciclar, integrar, renovable, se van a incorporar finalmente a nuestro vocabulario?
Nuestra generación debería tener como horizonte el ser protagonista de un cambio cultural donde la educación ambiental de los argentinos sea la base para que todas estas preguntas tengan las mejores de las respuestas. Para eso deberemos trabajar mucho. Tenemos otros 100 años por delante. Y lo que hicimos en los últimos 50 es una plataforma extraordinaria para confiar que podemos.
Lo que hicimos desde 1810 ya está hecho. Lo bueno y lo malo.
A boca de jarro podemos sentir que como Nación creamos un sistema de parques nacionales considerado durante muchos años un modelo para América del Sur; intentamos generar un compendio normativo inclusivo de los temas ambientales más evidentes pero también regulamos sobre cuestiones emergentes; incorporamos en la constitución una temática que era secundaria en 1853; intentamos comulgar con las convenciones internacionales (Ramsar o Cites, por comentar algunas); algunas provincias impulsaron y mantuvieron ministerios de ecología y muchas crearon áreas protegidas modelos; nacieron cientos de ONG y decenas de miles de voluntarios en una u otra oportunidad abrazaron la causa.
También nos equivocamos mucho. Sobre todo nos demoramos mucho. Porque en temas ambientales, sobre todo en temas de gestión ambiental, los últimos doscientos años son apenas los últimos cincuenta años. Pero como estamos de festejos, nos quedamos sólo con las buenas.
Las preguntas del millón serían ¿cómo pensamos vivir los próximos 100 años?; ¿podemos profundizar las acciones positivas?; ¿seremos capaces de fortalecer las instituciones oficiales y privadas que trabajan en estos temas, sobre todo al nivel de las provincias?; ¿podremos dar marcha atrás con las acciones negativas? ¿las palabras restaurar, reciclar, integrar, renovable, se van a incorporar finalmente a nuestro vocabulario?
Nuestra generación debería tener como horizonte el ser protagonista de un cambio cultural donde la educación ambiental de los argentinos sea la base para que todas estas preguntas tengan las mejores de las respuestas. Para eso deberemos trabajar mucho. Tenemos otros 100 años por delante. Y lo que hicimos en los últimos 50 es una plataforma extraordinaria para confiar que podemos.
jueves, 25 de febrero de 2010
Lechuza
La pampa se queja a través de sus aves. Y la gran queja del campo remata en un poste. Un poste duro y alambrado. Curiosamente contrapuesto a esta queja de plumas, mullida y libre. Una queja sabia, una presencia que hipnotiza.
martes, 2 de febrero de 2010
Juncos
Para Jean
Cuántos juncos vemos en la costa.
Los que remedan tibias persianas orientales.
Los que se desarman río abajo como un caleidoscopio vegetal.
Los que te hacen preguntar si es una foto o una ocurrencia pastel.
Los que te palpitan en recuerdos por tus andanzas en la ribera.
Los que celebran las piedras en su cónclave popular, haciendo gárgaras con la correntada.
Los que nos abrazaron en aquella tarde invisible que aún enamora.
Los que se fueron para cubrir el cielo de nuestros domingos.
El que sirvió de atalaya efímera a un ave de paso antes de que este minuto se congele para siempre.
Los que me inspiran, que son de otras latitudes.
Los que me zambullen en tus ojos tan cristalinos que dejan ver el fondo de una mujer hermosa.
Los que algo protegen, quién sabe qué, en ese cofre mágico, inocente, que es la pampa.
O, finalmente, los que te describen, frágil fortaleza femenina.
Cuántos juncos vemos en la costa.
Los que remedan tibias persianas orientales.
Los que se desarman río abajo como un caleidoscopio vegetal.
Los que te hacen preguntar si es una foto o una ocurrencia pastel.
Los que te palpitan en recuerdos por tus andanzas en la ribera.
Los que celebran las piedras en su cónclave popular, haciendo gárgaras con la correntada.
Los que nos abrazaron en aquella tarde invisible que aún enamora.
Los que se fueron para cubrir el cielo de nuestros domingos.
El que sirvió de atalaya efímera a un ave de paso antes de que este minuto se congele para siempre.
Los que me inspiran, que son de otras latitudes.
Los que me zambullen en tus ojos tan cristalinos que dejan ver el fondo de una mujer hermosa.
Los que algo protegen, quién sabe qué, en ese cofre mágico, inocente, que es la pampa.
O, finalmente, los que te describen, frágil fortaleza femenina.
lunes, 12 de octubre de 2009
Río (sin represas)
En la ribera del río
la erre vive a sus anchas
roca, remanso, rocío
raíz, remolino, rama
romance, risa, reviro
recodo, repecho, ranchada.
Pero la erre no es sola.
Está la o de tus ojos
y la a de arena blanca
la ese de sol y siesta
y la ge de gurisada
la ene cabalga en nubes
o duerme en la noche calma
con la ele de la luna
que con el brillo se alarga.
El río es un alfabeto
con el que la pasión habla.
Quiero entonces que sus letras
se junten por una causa,
convoquen a los arroyos
desde el Zaimán al Marambas
y en asamblea discutan
lo que al Paraná le pasa.
Porque hace tiempo que el blanco
lo hiere con su barcaza
le mancha el cuero de tinta
lo vacía con su draga
y lo llena de promesas
mientras sus islas agarra.
Y el río no te ha hecho daño.
A lo sumo una mañana
se asomó hasta tu cumbrera
para conocer tu casa.
Me ha secreteao un baqueano,
Gutiérrez, de la barranca,
que aunque el agua esté callada
sumisa pa´l que la anda
de noche se oye un rugido
mezcla de bronca y venganza
y descarga en borbollones
así sus heridas calma.
Y a veces de tan dolido
le asusta a una chalana
o se cobra alguna vida
de las miles que le sacan.
En tiempos de los paisanos
nuestros ríos eran balsas,
madres atentas, custodias,
de las chozas olvidadas.
Alimento que les sobre,
agua pa´ todas las casas
era un valle de refresco
y de la selva era el alma.
Y uno que lo mira ahora
su fortaleza callada
no va a la orilla el pombero
no está bañado de escamas.
El guaá hoví ya no tiñe
de azul las copas de palma
y entre las piedras calientes
el ariraí no ladra.
¿Y pa´ iluminar letreros
le oscurecieron el alma?
Así lo ahogan de a poco
Padrecito de las Aguas.
¿Qué clase de misionero sos,
que cuando te pegan callas?
Lo están matando a tu padre
no ves que no corre el agua.
Sete Quedas, qué recuerdo
Urugua-í, qué macana.
Mejor no sigo nombrando
a ver si alguien se entusiasma
y al río lo deja en ruinas
y a las Ruinas bajo el agua
y a Misiones, de a poquito,
la van borrando del mapa.
Yo quiero ver, desde el monte, el río cada mañana.
la erre vive a sus anchas
roca, remanso, rocío
raíz, remolino, rama
romance, risa, reviro
recodo, repecho, ranchada.
Pero la erre no es sola.
Está la o de tus ojos
y la a de arena blanca
la ese de sol y siesta
y la ge de gurisada
la ene cabalga en nubes
o duerme en la noche calma
con la ele de la luna
que con el brillo se alarga.
El río es un alfabeto
con el que la pasión habla.
Quiero entonces que sus letras
se junten por una causa,
convoquen a los arroyos
desde el Zaimán al Marambas
y en asamblea discutan
lo que al Paraná le pasa.
Porque hace tiempo que el blanco
lo hiere con su barcaza
le mancha el cuero de tinta
lo vacía con su draga
y lo llena de promesas
mientras sus islas agarra.
Y el río no te ha hecho daño.
A lo sumo una mañana
se asomó hasta tu cumbrera
para conocer tu casa.
Me ha secreteao un baqueano,
Gutiérrez, de la barranca,
que aunque el agua esté callada
sumisa pa´l que la anda
de noche se oye un rugido
mezcla de bronca y venganza
y descarga en borbollones
así sus heridas calma.
Y a veces de tan dolido
le asusta a una chalana
o se cobra alguna vida
de las miles que le sacan.
En tiempos de los paisanos
nuestros ríos eran balsas,
madres atentas, custodias,
de las chozas olvidadas.
Alimento que les sobre,
agua pa´ todas las casas
era un valle de refresco
y de la selva era el alma.
Y uno que lo mira ahora
su fortaleza callada
no va a la orilla el pombero
no está bañado de escamas.
El guaá hoví ya no tiñe
de azul las copas de palma
y entre las piedras calientes
el ariraí no ladra.
¿Y pa´ iluminar letreros
le oscurecieron el alma?
Así lo ahogan de a poco
Padrecito de las Aguas.
¿Qué clase de misionero sos,
que cuando te pegan callas?
Lo están matando a tu padre
no ves que no corre el agua.
Sete Quedas, qué recuerdo
Urugua-í, qué macana.
Mejor no sigo nombrando
a ver si alguien se entusiasma
y al río lo deja en ruinas
y a las Ruinas bajo el agua
y a Misiones, de a poquito,
la van borrando del mapa.
Yo quiero ver, desde el monte, el río cada mañana.
lunes, 21 de septiembre de 2009
Preocupa el turismo cinegético
El turismo es una de las industrias de mayor crecimiento en los últimos años. La diversidad de nuestros paisajes ofrece numerosas alternativas para la creciente oleada de visitantes de distintas latitudes. Contemplación de bellezas naturales, turismo aventura o cultural, son algunas de las variantes más frecuentes.
Sin embargo, resulta preocupante el crecimiento del llamado turismo cinegético. Un negocio organizado por empresas no siempre habilitadas, que ofrecen la caza de hasta tres mil individuos de aves silvestres por día.
Usualmente los cazadores provienen de países como Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Italia y España, donde estas cacerías ilimitadas están absolutamente prohibidas. En internet es fácil comprobar que se ofrecen como“presas garantizadas” especies cuya caza está absolutamente prohibida por nuestras normas.
Si bien las empresas que comercializan este “atractivo” aducen que algunas de esas aves pueden ser consideradas plagas, no es correcto generalizar esta categoría. Por el contrario, es necesario estudiar cada caso concreto, supervisando si efectivamente ocasionan daños a los productores y, en tal caso, analizar las formas de paliar la situación de modo de evitar matanzas indiscriminadas. Es sabido que en las jornadas de cacería organizadas por estas empresas no hay una distinción de las especies a batir y en general todo lo que vuela se transforma en un blanco.
Esta actividad está afectando ecosistemas que apenas conocemos, como nuestra estepa patagónica o el litoral mesopotámico, que ya sufren otros problemas de conservación, y poseen sistemas de áreas naturales protegidas que hay que fortalecer y no debilitar. Se puede dar el caso paradójico de que una bandada que pueda contemplarse en un Parque Nacional como especie emblemática sea ultimada al traspasar los límites de la reserva y sobrevolar alguna de las estancias donde se practica esta actividad.
Las últimas estimaciones de Aves Argentinas indican que son 120 las especies de aves silvestres en riesgo de extinción en nuestro país. Es por eso que resulta imprescindible monitorear de cerca el desarrollo de esta actividad, y supervisar las especies sobre las que se desarrolla, el cumplimiento de las cuotas diarias y la idoneidad de las empresas del rubro.
Al tiempo, sería vital que desde la Secretaría de Turismo de la Nación y las oficinas provinciales, se promueva con mayor insistencia una alternativa no extractiva de turismo en la naturaleza, como lo es la observación de aves o birdwatching, que es compatible con la conservación de las especies y respeta esos recursos para el disfrute de las futuras generaciones. Esta actividad genera importantes recursos económicos para el país de un modo más sustentable. Por ejemplo, en los Estados Unidos, ha generado en el año 2001 un movimiento de 46 millones de observadores de aves que movilizaron 32 mil millones de dólares observando y fotografiando aves silvestres. Atraer a nuestro país a esos contingentes de turistas especializados, puede ser un buen comienzo para dar respuesta a esta inquietud.
En definitiva, las mil especies de aves argentinas, representantes de nuestro extraordinario patrimonio natural, esperan que las soluciones de nuestros dirigentes también tengan vuelo.
Sin embargo, resulta preocupante el crecimiento del llamado turismo cinegético. Un negocio organizado por empresas no siempre habilitadas, que ofrecen la caza de hasta tres mil individuos de aves silvestres por día.
Usualmente los cazadores provienen de países como Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Italia y España, donde estas cacerías ilimitadas están absolutamente prohibidas. En internet es fácil comprobar que se ofrecen como“presas garantizadas” especies cuya caza está absolutamente prohibida por nuestras normas.
Si bien las empresas que comercializan este “atractivo” aducen que algunas de esas aves pueden ser consideradas plagas, no es correcto generalizar esta categoría. Por el contrario, es necesario estudiar cada caso concreto, supervisando si efectivamente ocasionan daños a los productores y, en tal caso, analizar las formas de paliar la situación de modo de evitar matanzas indiscriminadas. Es sabido que en las jornadas de cacería organizadas por estas empresas no hay una distinción de las especies a batir y en general todo lo que vuela se transforma en un blanco.
Esta actividad está afectando ecosistemas que apenas conocemos, como nuestra estepa patagónica o el litoral mesopotámico, que ya sufren otros problemas de conservación, y poseen sistemas de áreas naturales protegidas que hay que fortalecer y no debilitar. Se puede dar el caso paradójico de que una bandada que pueda contemplarse en un Parque Nacional como especie emblemática sea ultimada al traspasar los límites de la reserva y sobrevolar alguna de las estancias donde se practica esta actividad.
Las últimas estimaciones de Aves Argentinas indican que son 120 las especies de aves silvestres en riesgo de extinción en nuestro país. Es por eso que resulta imprescindible monitorear de cerca el desarrollo de esta actividad, y supervisar las especies sobre las que se desarrolla, el cumplimiento de las cuotas diarias y la idoneidad de las empresas del rubro.
Al tiempo, sería vital que desde la Secretaría de Turismo de la Nación y las oficinas provinciales, se promueva con mayor insistencia una alternativa no extractiva de turismo en la naturaleza, como lo es la observación de aves o birdwatching, que es compatible con la conservación de las especies y respeta esos recursos para el disfrute de las futuras generaciones. Esta actividad genera importantes recursos económicos para el país de un modo más sustentable. Por ejemplo, en los Estados Unidos, ha generado en el año 2001 un movimiento de 46 millones de observadores de aves que movilizaron 32 mil millones de dólares observando y fotografiando aves silvestres. Atraer a nuestro país a esos contingentes de turistas especializados, puede ser un buen comienzo para dar respuesta a esta inquietud.
En definitiva, las mil especies de aves argentinas, representantes de nuestro extraordinario patrimonio natural, esperan que las soluciones de nuestros dirigentes también tengan vuelo.
Aves en Río Negro
La conservación de la naturaleza tiene en la creación de áreas protegidas uno de sus principales aliados. Por este motivo, la federación BirdLife International impulsa el programa global Áreas Importantes para la Conservación de las Aves, que viene identificando unos 15.000 sitios claves para la conservación de las aves y ambientes del planeta.
Aves Argentinas está coordinando esfuerzos colectivos que arrojan una información esperanzadora: nuestro país aún cuenta con 273 áreas valiosas para las aves, conocidas como AICAS o IBAs, por sus siglas en inglés. Sin embargo, no todas ellas están protegidas y ello es imprescindible si queremos fortalecer, por ejemplo, la industria del turismo ornitológico que la Argentina ha comenzado a promover recientemente.
En nuestra Patagonia, por ejemplo, la provincia de Río Negro cuenta con cinco de estas áreas, que son los sitios locales de mayor biodiversidad. Cuatro de ellas están legalmente amparadas; la única que aún no lo está, casualmente se llama El Cóndor.
Ubicada en la desembocadura del río Negro y próximo al balneario conocido como Villa Marítima El Cóndor, cuenta con la mayor riqueza de aves del nordeste de la Patagonia: 164 especies, de las cuales nueve están globalmente amenazadas, como el ñandú, el pingüino patagónico, el albatros de ceja negra, el petrel gigante, el flamenco austral, el cauquén colorado, la gaviota cangrejera, el cardenal amarillo y la loica pampeana.
Por otro lado, a lo largo de 12 km de acantilados, se alberga una colonia mixta de nidificación para loros barranqueros, golondrinas y diversas aves rapaces diurnas y nocturnas, que cumplen roles claves en los ecosistemas. Este espectáculo natural incluye el sitio de reproducción de loros más grande del mundo, sumando unas 35.000 parejas.
El valor paleontológico de estos acantilados, con pisadas fósiles de los caballos más antiguos de América del Sur e importantes poblaciones de mamíferos marinos como las franciscanas, toninas overas, orcas y lobos marinos hacen, de El Cóndor, una de las cuatro regiones naturales más importante de la costa patagónica, comparable a Península Valdés, Punta Tombo o Cabo Vírgenes.
Sin embargo, esta área maravillosa se encuentra sujeta a una serie de amenazas, como el desmonte y una demanda creciente de loteos y urbanización no planificada, que además genera la construcción de nuevas bajadas a lo largo de los acantilados.
Sería deseable que el proyecto de declaración del AICA El Cóndor como Área Natural Protegida, hoy en discusión en la legislatura rionegrina, pueda ser prontamente aprobado.
De ser así Río Negro pasaría a ser la primera provincia patagónica de la Argentina, y una de las primeras del país, en tener todas sus áreas importantes para la conservación de las aves legalmente protegidas. Una decisión atinada, que sería celebrada por la comunidad local e internacional y por los miles de veraneantes que ya eligieron a Río Negro como un destino frecuente y que, anualmente, exigen playas limpias y un entorno en armonía con la naturaleza.
Aves Argentinas está coordinando esfuerzos colectivos que arrojan una información esperanzadora: nuestro país aún cuenta con 273 áreas valiosas para las aves, conocidas como AICAS o IBAs, por sus siglas en inglés. Sin embargo, no todas ellas están protegidas y ello es imprescindible si queremos fortalecer, por ejemplo, la industria del turismo ornitológico que la Argentina ha comenzado a promover recientemente.
En nuestra Patagonia, por ejemplo, la provincia de Río Negro cuenta con cinco de estas áreas, que son los sitios locales de mayor biodiversidad. Cuatro de ellas están legalmente amparadas; la única que aún no lo está, casualmente se llama El Cóndor.
Ubicada en la desembocadura del río Negro y próximo al balneario conocido como Villa Marítima El Cóndor, cuenta con la mayor riqueza de aves del nordeste de la Patagonia: 164 especies, de las cuales nueve están globalmente amenazadas, como el ñandú, el pingüino patagónico, el albatros de ceja negra, el petrel gigante, el flamenco austral, el cauquén colorado, la gaviota cangrejera, el cardenal amarillo y la loica pampeana.
Por otro lado, a lo largo de 12 km de acantilados, se alberga una colonia mixta de nidificación para loros barranqueros, golondrinas y diversas aves rapaces diurnas y nocturnas, que cumplen roles claves en los ecosistemas. Este espectáculo natural incluye el sitio de reproducción de loros más grande del mundo, sumando unas 35.000 parejas.
El valor paleontológico de estos acantilados, con pisadas fósiles de los caballos más antiguos de América del Sur e importantes poblaciones de mamíferos marinos como las franciscanas, toninas overas, orcas y lobos marinos hacen, de El Cóndor, una de las cuatro regiones naturales más importante de la costa patagónica, comparable a Península Valdés, Punta Tombo o Cabo Vírgenes.
Sin embargo, esta área maravillosa se encuentra sujeta a una serie de amenazas, como el desmonte y una demanda creciente de loteos y urbanización no planificada, que además genera la construcción de nuevas bajadas a lo largo de los acantilados.
Sería deseable que el proyecto de declaración del AICA El Cóndor como Área Natural Protegida, hoy en discusión en la legislatura rionegrina, pueda ser prontamente aprobado.
De ser así Río Negro pasaría a ser la primera provincia patagónica de la Argentina, y una de las primeras del país, en tener todas sus áreas importantes para la conservación de las aves legalmente protegidas. Una decisión atinada, que sería celebrada por la comunidad local e internacional y por los miles de veraneantes que ya eligieron a Río Negro como un destino frecuente y que, anualmente, exigen playas limpias y un entorno en armonía con la naturaleza.
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